16.7.12

Madrid se cansó de sonreír

Tumbada otra noche más frente a la ventana, contempla el manto de estrellas y nubes que gobiernan Madrid, una ciudad que había sido capaz de absorber toda la felicidad de sus habitantes en lo que, aparentemente, se presentaba como una noche más del friolero invierno. Y es que hoy, al igual que Charlotte, el cielo lloraba, pues su único deseo era desaparecer. Evaporarse como en uno de esos calurosos días de verano y no volver jamás porque, entre las múltiples sensaciones que alguien puede experimentar, la de desesperación puede llegar a ser la más cruel. La desesperación que produce no dejar de llorar, que te asfixia lentamente, que incrementa los latidos de tu corazón y la contracción de los músculos. Esas lágrimas que te hacen cosquillas cuando descienden lentamente por tus rosadas mejillas de terciopelo y que desembocan en la comisura de tus labios, hasta que finalmente desistes y te tumbas con la esperanza de despertar al día siguiente y que nada de esto haya pasado. De levantarte con la sensación de ser otra persona, o simplemente, con la sensación de que han desaparecido todos los problemas de tu vida y que él va a seguir allí, en el mismo sofá donde lo viste por última vez, con la misma taza de café, cuyas gotas todavía persisten en la alfombra del salón.

Ella llora bajito, por temor a ser escuchada. Quiere aparentar que todo va bien, aunque los pilares que sostenían su vida hace mucho que se derrumbaron...