Tumbada otra
noche más frente a la ventana, contempla el manto de estrellas y
nubes que gobiernan Madrid, una ciudad que había sido capaz de
absorber toda la felicidad de sus habitantes en lo que,
aparentemente, se presentaba como una noche más del friolero
invierno. Y es que hoy, al igual que Charlotte, el cielo lloraba,
pues su único deseo era desaparecer. Evaporarse como en uno de esos
calurosos días de verano y no volver jamás porque, entre las
múltiples sensaciones que alguien puede experimentar, la de
desesperación puede llegar a ser la más cruel. La desesperación
que produce no dejar de llorar, que te asfixia lentamente, que
incrementa los latidos de tu corazón y la contracción de los
músculos. Esas lágrimas que te hacen cosquillas cuando descienden
lentamente por tus rosadas mejillas de terciopelo y que desembocan en
la comisura de tus labios, hasta que finalmente desistes y te tumbas
con la esperanza de despertar al día siguiente y que nada de esto
haya pasado. De levantarte con la sensación de ser otra persona, o
simplemente, con la sensación de que han desaparecido todos los
problemas de tu vida y que él va a seguir allí, en el mismo sofá
donde lo viste por última vez, con la misma taza de café, cuyas
gotas todavía persisten en la alfombra del salón.
Ella
llora bajito, por temor a ser escuchada. Quiere aparentar que todo va
bien, aunque los pilares que sostenían su vida hace mucho que se
derrumbaron...